Deja de ladrar, culpándome por tu propia debilidad


 

Deja de ladrar, culpándome por tu propia debilidad, como si mi nombre fuera la herida y no el refugio donde aprendiste a temblar. 

Si vas a gritar, hazlo más fuerte pero esta vez di la verdad: que no puedes odiarme porque en el fondo me necesitas para seguir amándome.


Me miras como si fuera abismo, como si amarme fuera caer sin fondo, sin regreso, como si mi nombre fuera la última palabra antes de desaparecer.


Porque sé lo que escondes: esa necesidad oscura

de ser destruido. El amor que te doy no salva, consume, marca y se queda incluso cuando intentas huir.


Así que grita, muérdeme con palabras, huye si quieres. No soy la sombra que te persigue, ni el eco que te rompe al caer la noche, soy apenas el espejo donde te atreves a mirar lo que eres.


Me nombras con rabia, con esa furia que tiembla, como si odiarme fuera más fácil que aceptar cuánto me deseas. 


Deja de ladrar, culpándome por tu propia debilidad, como si mis manos hubieran moldeado las grietas que llevas por dentro.


Yo no huyo estoy aquí, en el filo de tu orgullo, en el borde de cada palabra que niegas, esperando a que dejes de pelear contra lo inevitable que es mi nombre porque no es mi culpa que el amor te parezca una herida, ni que el deseo te suene a condena.


Deja de ladrar y escucha: 


 “Lo que te quema no soy yo, es todo lo que despierto en ti.”

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